10 Jun Mi historia: diagnóstico
En septiembre de 2023, me resfrié y tuve fiebre. Fui al médico y me trataron como si fuera un resfriado común. Una semana después, los síntomas persistían, tenía placas en la garganta y fiebre ocasional. En la escuela me quedaba dormido y apenas tenía energía para jugar. Mis padres, preocupados, me llevaron a urgencias, pero nuevamente me dijeron que era un resfriado.
Mi madre, temiendo algo más grave debido a mis antecedentes de infecciones de sangre, insistió en que me hicieran una analítica. Pidió una cita con mi pediatra para revisar mi caso, pero no lograron hacerme las pruebas necesarias, a pesar de mis antecedentes. Después de más de dos semanas con fiebre recurrente y resfriado, mis padres decidieron llevarme a un hospital en otra ciudad en busca de un diagnóstico adecuado o al menos una analítica, pero volvimos a casa sin respuestas.
Con el tiempo, seguía sintiéndome cansado, resfriado y con fiebre intermitente. Además, aparecieron pequeños bultos en la ingle. Mi madre, aún más preocupada, me llevó a un médico privado para conseguir la tan necesaria analítica. Ese mismo día, un jueves, me hicieron las pruebas.
El sábado, el laboratorio llamó a mi madre urgentemente. Tenía un recuento de leucocitos alarmantemente alto y sospechaban que podría ser leucemia. Al llegar al hospital, me repitieron la analítica y la hematóloga confirmó el peor de los diagnósticos: leucemia.
El 7 de octubre comenzó mi batalla contra esta enfermedad. Me trasladaron a un hospital especializado, lejos de mi familia, excepto de mi madre, que no me soltó la mano en ningún momento. Estuve aislado en la UCI sin defensas y comencé la quimioterapia esa misma noche. Mientras me trataban, seguían haciendo pruebas para determinar el tipo exacto de leucemia y evaluar la cantidad de enfermedad en mi médula ósea.
Me confirmaron que tenía leucemia linfoblástica aguda tipo B. Después de 15 días de tratamiento, mi nivel de enfermedad en la médula ósea seguía siendo alto, por lo que me empezaron a tratar como un caso de alto riesgo, lo que implicaba tratamientos más agresivos y mayores efectos secundarios y toxicidad de la quimioterapia. Me dijeron que el tratamiento duraría alrededor de dos años, siempre que no hubiera contratiempos o ingresos adicionales debido a los efectos del tratamiento. Ahora, llevo luchando 8 meses, con varios ingresos, algunos más graves que otros, pero sigo luchando día a día con la esperanza de curarme y tocar la campana que marca el final de esta batalla.
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